Luis Bolumar

“La nada y el todo, la noche y el día, la luna y el sol, la muerte y el nacimiento, la tierra y el cielo. Un solo cuadro con dos caras.

 

Confusión y caos. Alma y lienzo, un solo cuerpo, una sola mujer.

 

«Yo no soy nada de lo que me ocurre. Mi yo se divide.» (Z. Freud) nEl mismo ser enfrentado a sus fantasmas y deseos. Por un lado, el virtuosismo virginal recatado y, por otro, el instinto en su estado más puro,  una inestabilidad que busca equilibrarse, donde los deseos reprimidos se ven obligados a encontrar una salida y la encuentran a través del arte…

 

Más pintura, más colores, brochazos. El pintor pasa de la tela al sentimiento, sin distinción, en una locura cromática exquisita. Y nace la obra “La mujer con violonchelo”. El arte es así. Un lienzo, un instante. El alma. Una pared en blanco, una violación. Una mancha, dos, cien. Un antes y un después. Como lo mejor y lo peor de la vida. Lo que no se pinta, no existe.

 

El hecho de abordar la temática del dualismo femenino era un reto para Luis Bolumar, poseedor de una gran emotividad y espiritualidad, que estaba multiplicando sus posibilidades de pintor revolucionario. Abría otros horizontes. Donde los atributos de polaridad se refieren a la propiedad de atracción, a la capacidad de nivelarse y compensarse. Dos fuerzas opuestas contenidas por una tercera, el Arte.  El pintor pone lo femenino como ente abarcativo y contenedor de todo lo creado, tangible e intangible. La fuerza femenina es la madre de la creación.

 

Vivimos en una cultura dualista que valora, crea y mantiene polaridades – una mentalidad estratificada de “o esto o lo otro” que identifica y coloca a las ideas, y a la gente en extremos opuestos de un espectro: la separación de sí mismo, la separación de lo divino, la separación de lo sagrado y la naturaleza. Nos da miedo la dualidad, nos confunde, nos obliga a dominarla y corregirla.

 

Las obras de Luis Bolumar nos enseñan que no puede haber dualidad, no puede haber un ser separado. Lo que vivimos es un sueño. No lo estropees mezclándolo con la realidad”.

 

Carmelo Viudez

No se sabe muy bien si aludiendo a sus viñetas, el dibujante Claude Serre decía que “dibujar es la sinceridad enmascarada en una pirueta”. Tal vez en esa ansia de sinceridad Carmelo Viudez otorga con sus pinceles ese sentido a su obra, de la misma manera que Serre lo hizo con la tinta china. Para llegar a implicar la esencia de lo que le rodea, Viudez ha pasado por múltiples etapas y diversas técnicas que aplica con tesón y aleatoriedad como el paso del tiempo. Su obra no será efímera como los momentos que captura, su sentimiento quedará anclado como la mirada que se posa sobre cada uno de sus trabajos repartidos por todo el mundo.

 

“La propia naturaleza de los cuadros de Carmelo te hace entrar en un escenario inédito, donde reina la paz infinita. Tiene una manera especial de contar otra percepción del tiempo que transcurre a través de los colores que brotan los objetos, dunas de pigmentos inspiradas en su imaginación.

 

Sus cuadros son encuentros con uno mismo. Es como una puerta que el artista deja entreabierta invitándote a entrar y formar parte de aquel mundo tan maravilloso y real al mismo tiempo, de asumir el deseo de explorar sus profundidades y revelar sus misterios.  Aquí la curiosidad se enfoca al presente, traviesa y luminosa, sigue ignorando toda temporalidad. Y de repente oyes la música de Angelito tocando trompetas para ti, y te sientes feliz, sencillamente feliz. Has encontrado la armonía que andabas buscando tanto tiempo. Aquí no hay lugar a miedos e incertidumbre, todo está claro y luminoso, cálido y tranquilo. El silencio sigue aquí, pero las sombras han desaparecido, se han disipado. Y a partir de ese instante ya no entiendes como puede ser de otra manera”.